Alrededor del mundo hay miles y millones de familias que son víctimas de violencia doméstica; hay miles que llevan en sus cuerpos las marcas de los golpes; otros que llevan en su mente el trauma de las palabras de humillaciones; otros que llevan en el alma el dolor del rechazo, y del abandono que sufrieron, y que sufren a manos de personas que juraron amarlas y cuidarlas; y también una iglesia y una sociedad que ignora y desconocer la violencia doméstica; una iglesia y una sociedad indiferente ante este mal; y una iglesia y una sociedad que condena a las víctimas y que se sientan a cuestionar el porque la víctima no se va, ignorando el aspecto espiritual, mental, emocional, y moral que afectan la decisión de dejar al agresor. Le dedico este libro a todos las víctimas de la violencia doméstica, a todos aquellos padres que han tenido que presenciar el sufrimiento de sus hijos; que les ha tocado llorar la muerte de una hija o de una hijo por causa de la violencia doméstica; y se lo dedico a todos aquellos hijos que han quedado huérfanos por uno, o por ambos padres a causa de la violencia doméstica.